CRÓNICA A UNA DESPEDIDA


Fui a Cuba 21 días.¿Qué son 21 días, después de seis años de ausencia?Pero en el instante que pones un pie en tu tierra y ves a los tuyos a través del cristal de la puerta de salida del aeropuerto, se te borran instantáneamente los 72 meses, 18 días, 6 horas,48 minutos y tantos segundos de nostalgias, sobresaltos y preocupaciones.

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Mi familia no es tan numerosa.  Ese año Amelín, mi hermana de crianza estuvo conmigo o yo fui a su casa lo regular e igual a los demás. Ella en su cotidianeidad, yo intentando recuperar ese vacío que te da la separación. Adsorbiendo cada instante e impregnando en la memoria las caras más envejecidas y descubriendo a los jóvenes que dejé niños cuando me fui. No alcanzaba ni a pedacitos y más porque las lluvias de Mayo, rompieron más de una vez mis proyectos y planes. Total, fue todo tan fugaz que volver al año siguiente se convirtió en una meta.

Pero una cosa es lo que piensas y otra lo que puedes hacer cuando los imprevistos rompen las planificaciones y se te complica la realización de un propósito. Sin embargo, con el transcurrir de los meses mi meta no ya no era una meta; se había convertido en una obsesión y mi mente visualizaba el deseo y mi voluntad comenzaba a tomar acción. Una tarde, después de observarme por varios días, mi hijo me dijo:

«—Mamá, yo no me explico cuál es tu obstinación por ir a Cuba, si prácticamente acabas de llegar.

—¿Acabo de llegar Julián? Va a hacer ahorita casi un año.

—Bueno…si, pero no es para tanto. Mírate cómo estás. Tienes ojeras y casi no duermes.

—La verdad mi hijo, no sé lo que es. Pero yo tengo que volver. Hay algo…algo me está diciendo que no puedo dejar de ir. ¡Y voy a ir!»

«Volví en marzo, del siguiente año. Otra vez 21 días».

Pero las cosas resultaron diferentes. Apliqué las experiencias del año anterior tanto en los aeropuertos y las aduanas como en los lugares que esta vez fui y las personas con las que compartí. Dividí mi tiempo con más calma y sin darme cuenta, convertí en prioridades de mi viaje a mis padres y Amelín. Mis padres, porque en la distancia es cuando tazas con todo su valor. Extrañas la compañía, el consejo, cada beso, el abrazo, hasta su olor. Y no quiero hablar de la falta que tienes, de la ausencia, del seguro abrigo o de la mano que te sostiene cuando piensas que todo se derrumba a tus pies.

Amelín, porque en el corto tiempo de ausencia se le colocó un sorpresivo marcapaso y ya nada fue igual ni para ella ni para nosotros. Y digo «nosotros» porque de los años que tengo: 37 de ellos giraron a su alrededor. Mi tía y ella cuidaron de mí, me vieron crecer, lloraron mis penas, rieron mis alegrías y cuando mi hijo nació, se convirtieron en nanas y en rosarios de calma en las noches de desvelos, cuando la adolescencia de los hijos sorprende a los padres noveles, aun en plena juventud.

Este año, Amelín se sobrepuso a sus males y me sorprendió en la casa lista yo, para salir hacia la suya. Ese fin de semana se quedó conmigo. Después vino lo del cumpleaños de mi sobrina. La familia rebosaba alegría y todos celebramos sus 15 primaveras. Pero tanto Amelín, como yo nos apartamos del barullo y la multitud.

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Nos quedamos de últimas para arreglarnos. Sentadas allí, en el comedor, compartíamos el maquillaje y los recuerdos. Prometí traerle para la próxima, tonalidades en azul, su preferido. Me enseñó el viejo estuche que le había regalado el año anterior, ya vacío por el continuo uso: le encantaba resaltar la expresión de sus vivos ojos verdes. Y nos fuimos caminando hacia el baile, demorando en cada paso y conversando un tema más.

Esta vez, en la mesa Amelín se quedó. No bailó una sola pieza y cuidaba de mi bebé de tres años, mientras yo llenaba mi cámara con imágenes fotográficas. No tuve que hacer mucho esfuerzo para convencerla y que se quedara con nosotros unas horas más. Nos levantamos de madrugada y nos fuimos en el bus escolar que recoge a los que van para el pueblo temprano en la mañana. Desayuné en su casa y me fui a los tramites de emigración.

En los días que le siguieron, como estuve casi todo el tiempo en el campo donde viven mis padres nos hablábamos por teléfono. Pero tuve que regresar a la ciudad por provisiones para la niña y su hogar fue una vez más mi campamento. También el viaje de regreso se acercaba y yo quería dejarle algunas cosas antes de irme. El día anterior al vuelo, la llamé para avisarle que no podía volver por su casa, como habíamos acordado. Al rato, Amelín me sorprendió con su presencia. Alegó como pretexto unas cartas que me traía para familiares de acá. Pero yo sabía que ella quería, lo que yo estaba evitando: la despedida.

Conversamos y me dió un beso antes de irse. Veía su espalda. La blusa floreada se iba difuminando entre las tenues luces de los faroles y la tristeza embargó mi alma.

«Ella no podía imaginar que, a pesar de los muchos, éramos solo nosotras dos. Alrededor y por un prolongado instante, todo fue su blusa floreada».

Antes de que llegara a la esquina, sentí deseos de evadir al grupo y correr para abrazarla de nuevo. Pero un sentimiento sobrecogió el impulso y me impidió todo movimiento. Dejé que mi mirada envolviera su cuerpo, para llevar en mi mente por siempre ese recuerdo. Minutos antes de partir hacia el aeropuerto fue la única persona a quien llamé. Me deseó un feliz viaje y en su voz, quedó la alegre sensación de un próximo encuentro.

Quince días después mi hijo me dio la noticia de que a Amelín, le había dado un infarto mientras dormía y estaba muerta. «Te alejaste, como suspiro en la noche y sobre el pavimento, mis pies no se movieron para darte otro beso. Adiós, hermana ofrecida. Adiós, hombro y entendimiento. Adiós…adiós, te quiero».

Basado en un hecho real. Requiem para mi hermana mayor.

amelin.

«Elegía a ellos»  (D.Sicilia.G)

Ellos estaban allí, yo estaba con ellos: mi tía, mi prima, mi abuelo.

Les veía hacer…tan cerca, tan lejos.

Fijaba sus caras, yo, en silencio.

Adolece mi recuerdo con sonido de campanas

sobre bloques de semblanzas adoquinados en rezos.

Y en el límite de los muros donde reinan los miedos

esculpí entre dos mundos con rocas de consuelo,

las estampas queridas y un por siempre: los quiero.

Ellos estaban allí yo estaba con ellos: mi tía, mi prima, mi abuelo.

Después me fui colgada a la espalda

historias varadas y eternas nostalgias.

Tallé en la consciencia palabras,

abrazos y con púgil distancia

besos cuajados de ansias.

Yo, que tanto los amo

Yo que de menos les echo

me fui en la noche oscura

caminando entre ecos.

Pero alegre, ¡feliz!

Porque en ese lapsus de

tiempo;

Supe

a que saben las despedidas

que sacuden los ensueños

cuando abre la ventanilla

anulando los misterios

y secas lo que ha llovido

y les dices: “los quiero”.

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